Por: Ibeth Borbón
Juan permanece ansioso y dibuja una sonrisa traviesa en su rostro constantemente. Puede que esté un poco preocupado, pero con facilidad deshace estas ideas de su mente y se entretiene con otros asuntos. Hoy su vida es bastante agitada. Todos los días empeña su creatividad en la construcción de aviones, autos, robots, edificios, incluso ciudades enteras, y de vez en cuando piensa en máquinas secretas que solo él puede entender. Tiene tiempo para pintar cohetes de colores, para salir a correr en el parque, y para ver a sus equipos de fútbol favoritos por la televisión. A pesar de la agitada jornada diaria, siempre permanece activo y disfruta de sus actividades.
Pronto volverá a ver el pelo rizado, negro y brillante de María, y la picardía en esos gestos que lo asustan y lo ponen nervioso por unos segundos sin saber por qué. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que la vio. No es fácil para él demostrar lo que siente, sin darse cuenta se enreda un poco para hablar, no sabe qué palabras usar cuando la tiene en frente, siente miedo, un miedo que según él, es un sentimiento que todos experimentamos en esta situación. Realmente no le interesa mucho saber lo que le sucede. Por primera vez tiene esa sensación extraña que aunque lo aturde también le gusta. Ni siquiera calcula su reacción ante el encuentro. Estará de nuevo a su lado y eso lo llena de felicidad.
A primera vista parece que María no sabe lo que pasa, pero en el fondo ella conoce la situación. Está enredada en un juego que a todos les gusta jugar y que de a poco se va convirtiendo en un placer. Estuvo hablando con sus amigas acerca de Juan al tiempo que las mariposas despertaron en su estómago y revolotearon como locas. Como de costumbre se ha puesto la falda corta, se ha acomodado una flor en el pelo, le ha puesto color violeta a sus uñas, y resalta el carmesí de sus labios. Mientras ve el reflejo de sus ojos marrón en el espejo, trata de acomodar sus gafas, pero es inútil, siguen torcidas después de que las dejó por descuido en el sofá y su abuela se sentó encima de ellas. Pero no es problema, María luce sinceramente bella. Toma su mochila verde, se cuida de llevar adentro algunos dulces, se despide de “Shailon”, su perro, y sin esperar más sale corriendo de su casa.
En una época poco común, el sol ha recargado su poder y entre las nubes se ven sus rayos más intensos. Las ramas de los arboles han crecido nuevamente, los arbustos están frondosos y llenos de flores, el verde inunda el lugar y contrasta perfecto con el azul del cielo. Un trébol de cuatro hojas que creció allí espera a ser encontrado por alguien con suerte, y junto a él, hay una fiesta de hormigas que celebran la llegada de la reina. El bullicio de cientos de risas y voces se transporta por el aire y le da alegría al lugar.
Juan corre a todo velocidad, de pronto se tropieza y cae, aprovecha para dar tres botes y vuelve a ponerse en píe, mira para todos lados con perspicacia, como un pirata en busca de un tesoro escondido. Entre tanto, María camina tranquila con sus amigas, se detiene para acomodar otra vez sus gafas y poder observar mejor, echa un vistazo y ve justo el momento en que Juan tropieza. Tapa su sonrisa con una mano y de inmediato aparece un brillo en sus ojos. El mismo brillo que Juan acaba de ver. Él vacila un poco para acercarse. Por el camino se entretiene con algunos amigos, pero cuando ellos desaparecen, el miedo se apodera de nuevo, hasta que finalmente lo empuja la curiosidad y camina hacia ella.
Dos palabras acompañadas de valor.
-Hola María.
Una respuesta sencilla llena de emoción.
-Hola Juan.
Tres palabras más que aparecieron con poca razón.
-Eres muy bonita.
Y otra respuesta tímida que salió del corazón.
-Tú también eres lindo.
Ella se ruboriza de inmediato y se traga los dulces que tiene en la boca, agacha la mirada y sonríe penosa mientras mece las piernas que le cuelgan de la banca. Él sólo la mira por un instante y en cuestión de segundos se siente diferente. No entiende nada. No puede más que reír con ella y luego le muestra que le hacen falta tres dientes.
-El ratón Pérez me trajo unas monedas.
-Mi mamá me dijo que es un ratón millonario y que tiene montañas de dientes en su casa.
-¿Para qué quiere el ratón Pérez tantos dientes?
-Yo creo que los compra para hacer una torre de dientes que llegue hasta el cielo y entonces podrá subir para sentirse más grande. ¡Cómo es tan pequeñito!
Inesperadamente María se acerca a Juan y le da un beso en la mejilla. Juan corre y se esconde detrás de un árbol, sus converse llevan los cordones desamarrados y se ven veloces por el pasto. María se despide de un grito y le hace muecas a Juan. Luego se sube en el columpio, y sus amigas la empujan fuerte hasta que casi da la vuelta completa. Su falda se levanta de vez en vez con el viento, y la flor se le cae del pelo. Mientras tanto Juan saca de su bolsillo un auto y lo empieza a llevar por los lugares por donde camina a la vez que simula el ruido del motor que acelera con fuerza. Ahora se encuentra en una competencia automovilista decisiva, él sabe que va a ser el campeón y se llevará un trofeo. Juan y María tienen esa particular inocencia, son libres… y están ansiosos por seguir jugando.
Juan permanece ansioso y dibuja una sonrisa traviesa en su rostro constantemente. Puede que esté un poco preocupado, pero con facilidad deshace estas ideas de su mente y se entretiene con otros asuntos. Hoy su vida es bastante agitada. Todos los días empeña su creatividad en la construcción de aviones, autos, robots, edificios, incluso ciudades enteras, y de vez en cuando piensa en máquinas secretas que solo él puede entender. Tiene tiempo para pintar cohetes de colores, para salir a correr en el parque, y para ver a sus equipos de fútbol favoritos por la televisión. A pesar de la agitada jornada diaria, siempre permanece activo y disfruta de sus actividades.
Pronto volverá a ver el pelo rizado, negro y brillante de María, y la picardía en esos gestos que lo asustan y lo ponen nervioso por unos segundos sin saber por qué. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que la vio. No es fácil para él demostrar lo que siente, sin darse cuenta se enreda un poco para hablar, no sabe qué palabras usar cuando la tiene en frente, siente miedo, un miedo que según él, es un sentimiento que todos experimentamos en esta situación. Realmente no le interesa mucho saber lo que le sucede. Por primera vez tiene esa sensación extraña que aunque lo aturde también le gusta. Ni siquiera calcula su reacción ante el encuentro. Estará de nuevo a su lado y eso lo llena de felicidad.
A primera vista parece que María no sabe lo que pasa, pero en el fondo ella conoce la situación. Está enredada en un juego que a todos les gusta jugar y que de a poco se va convirtiendo en un placer. Estuvo hablando con sus amigas acerca de Juan al tiempo que las mariposas despertaron en su estómago y revolotearon como locas. Como de costumbre se ha puesto la falda corta, se ha acomodado una flor en el pelo, le ha puesto color violeta a sus uñas, y resalta el carmesí de sus labios. Mientras ve el reflejo de sus ojos marrón en el espejo, trata de acomodar sus gafas, pero es inútil, siguen torcidas después de que las dejó por descuido en el sofá y su abuela se sentó encima de ellas. Pero no es problema, María luce sinceramente bella. Toma su mochila verde, se cuida de llevar adentro algunos dulces, se despide de “Shailon”, su perro, y sin esperar más sale corriendo de su casa.
En una época poco común, el sol ha recargado su poder y entre las nubes se ven sus rayos más intensos. Las ramas de los arboles han crecido nuevamente, los arbustos están frondosos y llenos de flores, el verde inunda el lugar y contrasta perfecto con el azul del cielo. Un trébol de cuatro hojas que creció allí espera a ser encontrado por alguien con suerte, y junto a él, hay una fiesta de hormigas que celebran la llegada de la reina. El bullicio de cientos de risas y voces se transporta por el aire y le da alegría al lugar.
Juan corre a todo velocidad, de pronto se tropieza y cae, aprovecha para dar tres botes y vuelve a ponerse en píe, mira para todos lados con perspicacia, como un pirata en busca de un tesoro escondido. Entre tanto, María camina tranquila con sus amigas, se detiene para acomodar otra vez sus gafas y poder observar mejor, echa un vistazo y ve justo el momento en que Juan tropieza. Tapa su sonrisa con una mano y de inmediato aparece un brillo en sus ojos. El mismo brillo que Juan acaba de ver. Él vacila un poco para acercarse. Por el camino se entretiene con algunos amigos, pero cuando ellos desaparecen, el miedo se apodera de nuevo, hasta que finalmente lo empuja la curiosidad y camina hacia ella.
Dos palabras acompañadas de valor.
-Hola María.
Una respuesta sencilla llena de emoción.
-Hola Juan.
Tres palabras más que aparecieron con poca razón.
-Eres muy bonita.
Y otra respuesta tímida que salió del corazón.
-Tú también eres lindo.
Ella se ruboriza de inmediato y se traga los dulces que tiene en la boca, agacha la mirada y sonríe penosa mientras mece las piernas que le cuelgan de la banca. Él sólo la mira por un instante y en cuestión de segundos se siente diferente. No entiende nada. No puede más que reír con ella y luego le muestra que le hacen falta tres dientes.
-El ratón Pérez me trajo unas monedas.
-Mi mamá me dijo que es un ratón millonario y que tiene montañas de dientes en su casa.
-¿Para qué quiere el ratón Pérez tantos dientes?
-Yo creo que los compra para hacer una torre de dientes que llegue hasta el cielo y entonces podrá subir para sentirse más grande. ¡Cómo es tan pequeñito!
Inesperadamente María se acerca a Juan y le da un beso en la mejilla. Juan corre y se esconde detrás de un árbol, sus converse llevan los cordones desamarrados y se ven veloces por el pasto. María se despide de un grito y le hace muecas a Juan. Luego se sube en el columpio, y sus amigas la empujan fuerte hasta que casi da la vuelta completa. Su falda se levanta de vez en vez con el viento, y la flor se le cae del pelo. Mientras tanto Juan saca de su bolsillo un auto y lo empieza a llevar por los lugares por donde camina a la vez que simula el ruido del motor que acelera con fuerza. Ahora se encuentra en una competencia automovilista decisiva, él sabe que va a ser el campeón y se llevará un trofeo. Juan y María tienen esa particular inocencia, son libres… y están ansiosos por seguir jugando.


Juan dejémonos guiar por esas sensaciones internas y esos impulsos de felicidad, la felicidad no se toca ni se compra, se siente y está aquí adentro, sólo hay que explotarla... Buena esa Juan, sigue jugando!!!
ResponderEliminarIbeth!!!, casi me haces llorar... :) que bonita la forma de contar la vida de Juan, te quiero...
ResponderEliminarhola, como estas, q nota tener este espacio. Te felicito, escribes muy bakano
ResponderEliminaryo también quiero preocuparme solo por seguir jugando...
ResponderEliminar